Su último paso por Boca incluyó la participación en el Mundial de Clubes
El mundo del fútbol llora la muerte de Miguel Ángel Russo, histórico entrenador y referente del deporte argentino, quien falleció a los 69 años tras una larga lucha contra problemas de salud.
El actual DT de Boca Juniors había regresado al club a mediados de este año para encarar su tercera etapa al frente del equipo. Su cuadro de salud, delicado desde fines de agosto, lo obligó a múltiples internaciones y a transitar en las últimas semanas una internación domiciliaria. El lunes 6 de octubre Boca había informado que se encontraba con “pronóstico reservado”.
Russo había sido diagnosticado en 2017 con cáncer de vejiga y un tumor en la próstata mientras dirigía a Millonarios de Colombia, club con el que, pese a su enfermedad, conquistó el Torneo Finalización y la Superliga. Desde entonces enfrentó distintas complicaciones médicas, pero siempre mantuvo su compromiso con la profesión.

Como jugador, vistió la camiseta de Estudiantes de La Plata en 420 partidos, donde consiguió dos títulos. Como técnico, su carrera lo llevó por Argentina y el exterior: dirigió en España, Chile, México, Colombia, Perú, Paraguay y Arabia Saudita. Sumó 12 títulos, entre ellos la Copa Libertadores 2007 con Boca, junto a Juan Román Riquelme, y conquistas locales con Vélez, Central y el propio Xeneize.
Su último paso por Boca incluyó la participación en el Mundial de Clubes, además de haber logrado en etapas anteriores la Superliga 2019/20 y la Copa Maradona. En Rosario Central, donde tuvo cinco ciclos, también dejó una huella profunda, al igual que en Millonarios, que lo adoptó como un símbolo.

Nacido en Lanús en 1956, Russo fue uno de los entrenadores más experimentados y queridos del país, con más de 1.000 partidos dirigidos. Su legado continúa también en su hijo Ignacio, futbolista de Tigre.
Con profesionalismo, humildad y una pasión inquebrantable por el fútbol, Miguel Ángel Russo se ganó el respeto de colegas, hinchas y jugadores en todo el continente. Su partida deja un enorme vacío, pero su huella quedará marcada para siempre en la historia del deporte.